La renuncia de Amadeo I de Saboya a la Corona de España devolvió a las Cortes españolas la integridad de la soberanía y de la autoridad por lo que el Senado y el Congreso se reunirán en Asamblea Nacional, asumiendo todos los poderes y declarando la República (febrero de ) como forma de Gobierno, dejando a las Cortes Constituyentes la organización de la misma. La aceptación de la República se produce sin expectación ni clamor popular.

En Madrid, algunos grupos movilizados por los círculos republicanos intransigentes recorrieron las calles con gritos y pancartas. El Primer gobierno se esforzará en dar sensación de orden transmitiendo las consignas de "orden, paz y justicia" pero la debilidad constitutiva del nuevo era evidente. A ello había que añadir las disensiones ideológicas de los republicanos: unitarios o federales, intransigentes o benévolos y las rivalidades personales entre Figueras y Pí y Margall y entre éste y Castelar.

Todo ello producirá un efecto paralizante para la acción constructiva, el desgaste y la ineficacia para hacer frente a la situación económica y financiera del Estado y a las tres guerras civiles que simultáneamente se plantearán a este Estado republicano: la guerra carlista, la cantonal y la de Cuba.