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SESIÓN TERCERA: "LA REALIDAD INTERPRETADA: LAS MUJERES Y EL CINE" PONENCIA: "La imagen de la mujer en el cine histórico de la transición.7 días de enero" Manuel J. González Manrique. Departamento de Historia del Arte. Universidad de Granada. |
El
cine nació en las postrimerías del siglo XIX, cuando ya,
por lo menos en occidente, las metodologías de las ciencias en su
globalidad estaban instauradas; por ello nos encontramos con un triple
problema, el hecho de historiar el nuevo medio, analizar cómo este
medio ha representado la Historia, y escudriñar acerca de la imagen
de la mujer en el mismo. Para esto último, que es a lo que vamos,
habría que tener en cuenta tres puntos cardinales, la vida de la
mujer en la etapa retratada, la imagen de la mujer en el momento del rodaje
y, por supuesto, la imagen que el director quiere dar a esa mujer; con
lo que la dificultad es considerable.
Las
fuentes a las que el historiador debe acceder necesariamente para efectuar
su estudio fueron clasificadas por Georges Sadoul, en un symposium
organizado por la Mostra de Venecia, en tres apartados: 1º)
los films; 2º) los documentos escritos; 3º)
los testimonios orales.Como señalaba el propio Sadoul la
consulta de un film se revela así como infinitamente más
complicada que la consulta de un libro o de una reproducción pictórica.
Y si la consulta es imposible, se debe recurrir en el mejor de los
casos a la memoria personal, que es uno de los menos fiables instrumentos
tanto por las lagunas u omisiones como por las manipulaciones que el inconsciente
del entrevistado pueda exponer.
Por
lo que atañe a los documentos escritos, se hallan preferentemente
en archivos públicos (hemerotecas, bibliotecas) o privados
(correspondencia de profesionales del cine, facturas y documentos contables,
etc.).
Respecto
al particular de los documentos orales, Henri Langlois fundó en
1944 la Commission de Recherches Historiques de la Cinémathéque
Française, de la que la realizadora y actriz Musidora fue secretaria
hasta su muerte en 1957, y cuya misión principal radicaba en entrevistar
a los pioneros supervivientes de la historia del cine mudo francés.Y
todo esto tratándose de Francia, un país considerablemente
interesado por la cultura, a años luz de la precaria situación
que vivimos los investigadores españoles; aquí todo ello
resulta poco menos que imposible. Tareas similares de entrevistas sistemáticas
y registro de la historia oral han sido efectuadas, por ejemplo, por
el Film Study Center del Museo de Arte Moderno de Nueva York.
Salvado
el arduo problema del acceso a las fuentes de información, imprescindible
para la investigación histórica, se le plantea al estudioso
del cine la tarea de articular la Historia del Cine con los otros vectores
históricos que la han condicionado: la historia política
y social, la historia económica, la historia cultural, la historia
de la mujer, etc. La integración del devenir cinematográfico
en el complejo tejido histórico de los pueblos y de sus instituciones
es una tarea imprescindible en cualquier estudio diacrónico
que se precie de científico, detectando los modos de interacción
de los diferentes fenómenos históricos: las crisis económicas,
las guerras, la consolidación de formas monopolísticas en
la industria y en el comercio, las tensiones políticas internas
e internacionales, la competencia comercial de otras ofertas culturales
del ecosistema comunicativo.
Una
vez efectuada esta integración se observa sin dificultad que
el cine es un fenómeno muy complejo debido a su condición
de arte industrial y basado en una tecnología sofisticada, destinado
a un consumo masivo. De esta forma, y según comenta Román
Gubern, la Historia del Cine se nos aparece como un poliedro que propone
una historia estética o historia de las formas, una historia
tecnológica, una historia ideológica, una historia sociológica,
una historia industrial, etc.
El
problema de la elección de ejes de investigación en Historia
del Cine, aparece de modo problemático con la dicotomía entre
Corrientes o Autores, que junto con el de la periodización discordante
de los diferentes cines nacionales, fue el problema que consumió
más horas de discusión y de reflexión a los historiadores
que en 1979 elaboraros en Sofía el documento titulado Fondements
Méthodologiques de l’Histoire Générale du Cinéma.
Tras largas discusiones, este tema quedó formulado en un
párrafo ecléctico que dice así: “La Historia General
del Cine partirá de un análisis de las tendencias (corrientes,
escuelas, géneros), aunque profundizando la investigación
sobre los autores más o menos importantes dentro de ellas y sin
olvidar, por supuesto, a los cineastas dignos de interés que
han creado sus obras al margen de las tendencias dominantes”. Esto
funciona cuando se trata de hacer una investigación individualista
de “cine de autor” o de una socio-industrial de “cine de género”,
pero no resulta útil para una investigación transversal en
la que se analiza un factor determinado como es este caso, el de la mujer,
sobre todo si tenemos en cuenta que las primeras investigaciones acerca
del tema son tan recientes que no se encuentra una metodología establecida
y eficaz, sino más bien bosquejos de intuición entre los
pocos investigadores que se dedican al tema.
Otro
de los problemas con los que nos encontramos es el del llamado euroyanquicentrismo
de este arte, tan justamente criticado, sobre todo a partir de la descolonización,
tras la cual tomaron partido países cuyas historias habían
sido contadas anteriormente por occidentales y, evidentemente, su visión
acerca de sus culturas es considerablemente diferente. Algo que consideramos
tan grave respecto a la real manifestación de una cultura, ocurre
con el tema de la mujer; el cine ha estado y querámoslo o no, sigue
estando en manos de hombres, con lo que la problemática de la mujer
no ha sido fielmente reflejada exceptuando rarezas frívolamente
resaltadas.
Si
realmente queremos hacer justicia, deberíamos hacer una historia
comparada y planetaria del cine, además de recuperar las porciones
“malditas” del cine de las grandes potencias (cine marginal,
feminista, experimental, clandestino, pornográfico, publicitario,
homosexual, etcétera), debería dar la voz a los países
no productores pero consumidores de films, cuyos públicos han sido
colonizados por la producción de las potencias dominantes.
En un principio nos podríamos preguntar: ¿cómo han
sido afectados los públicos del Africa negra por los films
de Tarzán de los años treinta? ¿Qué lectura
han efectuado de ellas, cómo las han asimilado e integrado
a su mitología personal y colectiva?, y más cercano
aun, ¿cómo ha afectado a la vida y a la imagen de la mujer,
a sus perspectivas de futuro la producción de películas del
destape español de los 70?. Un campo pseudo abandonado el
de la historia y sociología de los públicos, se abre
aquí a la investigación antropológica del cine.
Estos
son, en resumidas cuentas, algunos problemas y algunas hipótesis
de trabajo que afectan a la metodología de análisis
de la historia compleja y pluridimensional del fenómeno cinematográfico.
Respecto
a la teoría fílmica del feminismo, nos debemos remontar hacia
1980, cuano Annette Kuhn resumió en su libro Women’s pictures.
Feminism and Cinema la historia del Feminismo como tendencia teórica
en los análisis fílmicos. Fue en los 70 cuando se inician
dichos estudios con una resuelta y expresa voluntad de defender los derechos
de la mujer y, por lo tanto, asumiendo un firme compromiso político
partidista. En el 1972 nació la revista Women and Film, y
se organizaron tanto el primer Festival Internacional de Cine de Mujeres
de Nueva York como el Festival de Mujeres y Cine de Toronto, poco después,
aparecieron varios libros de crítica feminista referidos al
cine clásico y al cine de arte y ensayo europeo firmados por
Marjorie Rosen (Pocorn Venus, 1973), Joan Mellen ( Women and
Their Sexuality in the New Film, (1974) y Molly Haskell (From reverence
to Rape, 1975).
Teniendo
en cuenta lo anteriormente expuesto, debemos subrayar que la teoría
feminista cinematográfica se origina y se desarrolla incipientemente
en el ámbito anglosajón aunque se han señalado algunas
diferencias notables entre las posturas de las autoras británicas
y las nortemaricanas. Se dice que si las primeras partieron de una intensa
investigación de la naturaleza del cine para apuntalar su posición
teórica, se advierte en las segundas una mayor tendencia a exposiciones
más descriptivas y menos analíticas. Lo que sí
está sobradamente demostrado es que en España la repercusión,
hasta ahora, ha sido nula, sobre todo en la época en que nacieron
estos estudio, viviendo aun la dictadura franquista.
Ahora
bien, como ya se ha expuesto anteriormente, en el caso europeo la teoría
no parece disponer tanto de unas herramientas metodológicas propias
como de unos interrogantes singulares y un objeto de análisis
común. Se echa mano de la semiótica y el psicoanálisis
para averiguar qué papel se le ha atribuido a la mujer en el devenir
histórico de la cinematografía, y, en este sentido, no sólo
se analiza la presencia de éstas en los films, sino también
de manera más aguda y suspicaz las elocuentes ausencias o negaciones
de las mujeres en el cine.
Tal
proyecto entraña así dos vertientes, una analítica
y otra ideológica, pues al tiempo que asumen la necesidad de un
análisis pormenorizado y riguroso de los films, parten asimismo
de la existencia de una peculiar concepción antropológica
de la cultura, y se concentran principalmente en explorar “los mecanismos
ideológicos del patriarcado”. Como consecuencia, las autoras
feministas han ido incorporado metodologías y aspectos externos
al análisis que les ocupa, como por ejemplo las tendencias post-estructuralistas.
2.
La representación de la Historia en las películas de ficción
de la Transición.
Durante
la transición, nos encontramos con un tema jamás tratado,
el fenómeno de la problemática vasca y la presencia de ETA
aparecen disociados en dos dimensiones: por un lado, la más cercana
al documental y, por otro, la recreación ficcional de hechos históricos.
Dentro de la primera tendencia hay que citar el cortometraje de Iñaki
Núñez Estado de excepcíon (1977), sobre los
últimos fusilamientos del franquismo y, algo más tarde, El
proceso de Burgos(Imanol Uribe. 1979), documento con declaraciones
de los implicados que llegó a alcanzar una cierta aunque tímida,
distribución comercial.
Al
segundo bloque pertenece la siguiente realización de Uribe (La
fuga de Segovia, 1981),que reconstruye los sucesos a los que alude
su título, aunque se encuentra más cercano al cine de aventuras
que al histórico. A idénticos parámetros pertenece
el intento de Cilio Pontecorvo de recuperar cinematográficamente
el atentado contra Carrero Blanco con Operación Ogro (1979),
una coproducción que se esforzaba por comprender y explicar el fenómeno
etarra desde posiciones posibilistas de izquierda con tan escasa capacidad
de profundización como abundantes cuchés melodramáticos
en su formato narrativo.
En
el campo de la ficción historicista, pero con pretensiones de verismo
documental, se inscribe la película que nos ocupa, Siete días
de Enero (Juan Antonio Bardem, 1978), reconstrucción del asesinato
fascista de los abogados laboralistas de Atocha, una propuesta típica
de cine “concienciador”. más pegada a la ilustración y denuncia
del complot ultraderechista que interesada por el análisis de la
situación sociopolítica en la que éste se produjo.
Debemos
resaltar que, a partir de la consolidación democrática, desaparecen
de la producción cinematográfica los intentos de “representar
la Historia” en cualquiera de las dos vertientes señaladas hasta
ahora. De hecho, sólo cuatro películas. centradas en el ámbito
de lo social, obviando lo político, y alejadas del campo documental,
se pueden contabilizar desde 1983 hasta el momento actual, con el agravante
de que la mas reciente pertenece a 1988 y, por lo tanto, se escapa. de
alguna manera, al período que aquí se recoge. Se refiere
este dato, claro está, a los títulos que toman por referente
central, o exclusivo, aquellos acontecimientos reales insertados, por una
u otra vía, en sus propias imágenes.
La
primera es Asalto al Banco Central (Santiago Lapeira, 1983), reconstrucción
del suceso que da título al film, acaecido en Mayo de 1981 y de
turbias aunque lejanas connotaciones políticas. La segunda es El
caso Almería (Pedro Costa, 1984), una nueva ficción
con aspiraciones de denuncia verista sobre el asesinato, por la Guardia
Civil, de tres jóvenes supuestamente confundidos con otros
tantos activistas de ETA. En un registro cercano al del thriller político
“a la italiana” en la primera mitad de los años setenta, es ésta
una de las pocas e inhabituales contribuciones del cine español
al esclarecimiento y al debate social de acontecimientos de trascendencia
nacional. Contribución, empero, muy limitada en su alcance debido
a su propia configuración narrativa, extremadamente convencional
y previsible.
La
tercer sería Redondela (1987), también de Pedro Costa,
pero, contrariamente a la anterior, ésta centra su investigación
en uno de los más sonados escándalos del franquismo. La cuarta,
es una producción de 1988 (Matar al Nani, de Roberto Bodegas)
y siendo, como pretende, una denuncia de las prácticas de la tortura
por parte de los llamados “cuerpos de seguridad del Estado”, incluye en
su seno algunos elementos, cuya justificación narrativa no parece
clara, que tienden a ser exculpatorios de la responsabilidad en el
caso del gobierno PSOE y de su ministro correspondiente, José Barrionuevo.
3.
La imagen de la mujer en el cine franquista.
La
mujer es novia, esposa o madre, aunque de vez en cuando aparezca,casi nunca
en papeles de protagonista-, alguna que otra "vamp", obligatoriamente rubia
-para evidenciar su extranjería- y, si es posible, con nombre extranjero
o extranjerizado.
El
tema de la mujer sacrificada es el habitual, presentándose su sacrificio
no como una anomalía, sino casi como la propia esencia de la condición
femenina. Sacrificadas serán las novias de los héroes en
los films bélicos, sacrificadas las protagonistas de las comedias
"finas" -equivalentes a las llamadas "alta comedia" teatral- y las de los
sainestes. En el cine histórico, las mujeres serán ilustres
y heroicas, cargando, en muchos casos, de tintas masculinas este heroísmo,
como inmediata referencia a la madre Patria, defensora de la familia y
del hogar en peligro, siempre por la vía de la abnegación
y la renuncia.
Aunque
también haya entre las figuras de la época algunas mujeres
"malas" o, al menos demasiados "modernas". Pero incluso las "malas"/"modernas"
alternaron sus personajes habituales con otros más "positivos";
a fin de poder mantener su condición estelar frente a las "buenas"
por definición.
En
los demás casos, las "mujeres malas" nunca son las protagonistas.
Son Lily Vicenty, Marta Flores, característica representante de
la mujer "con un pasado" que forma parte, a su vez, del "pasado" del protagonista,
machismo que arraiga en la población y que aún podemos observar
en algunas zonas.
Teniendo
en cuenta la doble moral, una para el hombre y otra para la mujer, debemos
ver cómo en la mítica pareja A. Rivelles y A. Mayo, ella,
a consecuencia de su machismo simpático, le perdonaba sus aventurillas,
ella es de lozana juventud, su aspecto moderno sin extralimitaciones y
sus dotes para el desplante cuando aquél se hacía preciso[22].
En
"Locura de amor"(1948), de Juan de Orduña, no debemos olvidar que
los desvaríos de la reina en cuestión (Juana la Loca), motivados
por los devaneos de su esposo, lo estaba, ante todo, por los que tenían
como "partenaire" a una bella sarracena, interpretada por Sara Montiel,
en el cine histórico, la mujer aparece como víctima sacrificada,
lo que no suponía, por ello, que el “macho” fuera el verdugo.
Evidentemente,
estas monjas nunca dudaban de su vocación y, frente a la rectitud
y la seriedad propia del sacerdote, ellas, como madres tolerantes, ejercían
su misión de servidoras de la causa entre sonrisas y canciones,
convirtiéndose este género en una versión de ineludible
catolicismo del cine folklórico típico de la época.
Estructuralmente observamos que al melodrama tradicional de la película
de sacerdotes, la de las monjas añade un matiz folletinesco, con
lo que el acercamiento al público está asegurado.
La
mujer no monja no tiene otro fin en la vida que el de la maternidad o,
como mínimo, el del sacrificio con respecto al esposo. El pasado
turbulento de una monja, el hecho de haber estado enamorada en tiempos
pretéritos a los votos, servía para exigirle rectitud, como
si de una purga se tratase. En el caso contrario, cuando el amor llega
a su vida una vez ingresada en el convento, la novicia sabrá retirarse
a tiempo bien del enamorado, bien de los votos, ejemplificando con su conducta
una actitud digna, sacrificada y honesta, sin menoscabo de la alegría
vital que la caracteriza.
A
la eventual dureza del sacerdote, la monja ofrece una caridad infinita.
Quizá sea la superiora del convento la que responde a gestos más
"viriles", disculpables por la enorme responsabilidad que conlleva su cargo.
En última instancia esa madre superiora sabrá sonreír
y participar de la alegría de sus novicias.
La
monja "folklórica" ofrece un ángulo picaresco de singular
significación, esto se comprendía así, porque en la
mayoría de los casos provenía del pueblo, aún teniendo
una educación burguesa.
En
el cine folklórico aparecen dos nuevos ingredientes: la picaresca
y el erotismo. El segundo se sacaba a relucir porque el "malo" podía
ambicionar físicamente a la folklórica, sirva como ejemplo
el señorito que se "beneficiaba" del amor de la folklórica
para dejarla más tarde, aunque el esperado fin sería la recuperación
de la folklórica al descubrir las delicias del amor y la irresistible
humanidad de la folklórica. Estas películas hacen una versión
restringida del amor.
Las
folklóricas eran, por definición jóvenes solteras.
A ninguna le faltaba carácter, evidentemente afín a la tradición
moral y ética del régimen.
Podía
despertar pasiones violentas, pero sin excesos, y el matrimonio o el convento
acabarían por ser su sino, como debería serlo el de cualquier
"mosita" de la época, según las reglas morales que el cine
se encargaba de expandir.
En
las folklóricas no hubo parejas estelares, como lo hubo con las
"big-stars", ellas eran protagonistas absolutas de sus films y sus galanes
no tenían un auténtico peso definitivo. No eran mujeres
bravías, y mucho menos independientes, sino simplemente, cuidaban,
eran continentes, de su virginidad amenazada y nunca perdida, a su cualidad
de "allumeuses", como se establecía su mito y su personaje.
"Eran,
a la vez, mujeres-objeto y mujeres-sujeto; eran, sobre todo, "mujeres"
en un sentido en el que quizá sólo haya utilizado el cine
español, es decir, en el sentido no de seres humanos pertenecientes
a uno de los dos sexos en que la especie se divide, sino de criaturas a
la vez por encima y por debajo de lo humano, y desde luego en ningún
caso equiparables, ni menos iguales, al hombre”.
4.
SIETE DIAS DE ENERO, de Juan Antonio Bardem
Título
original:Siete días de enero—Nacionalidad: Española—Pro~
ducción. Goya Films-Films de Deux Mondes, 1978.—Distribución:
Exclusivas Salvador.—Cuión. J. A. Bardem y Gregorio
Morán.—Dírección: J. A. Bardem.—Fotografia:
Leopoldo Villaseñor.—Montoje: Guillermo Maldonado—Mística:
Nicolás Peyrac.—Dirección artística: Antonio
de Miguel.—!nte’rpretes: Manuel Egea, Virginia González, Fernando
Sánchez Polack, Madeleine Robinson, Jacques François, José
Manuel Cervino, Joaquín Navarro, etc—Estreno en Madrid:
Bulevar y Tívoli, 28-3-79.---(3) 18.
Hecho
histórico: Entre el domingo 23 de enero de 1977 y el sábado
29 del mismo mes, tuvo lugar en la naciente España postfranquista,
un complot, urdido por la extrema derecha, para desestabilizar la situación
y provocar una intervención militar. Fueron días de enorme
tensión, con-chisas, a nivel anecdótico, con aquella intervención
del Presidente Suárez en TVE, donde intentó comunicar serenidad
y confianza a un país que, sencillamente, temblaba de miedo. Y en
el centro de todo ello, el asesinato de cinco abogados laboralistas, en
su despacho de Atocha, el día 24. Aquel acontecimiento conmovió
a España entera. Y Madrid tributó a los muertos el testimonio
más evidente de su admiración con ocasión de
su entierro, el miercoles, día 26. El Partido Comunista, al que
pertenecían los abogados, adquiría, así, contra todo
pronóstico, un protagonismo que explotaría, más tarde,
en el reconocimiento de su legalidad. Fue la semana trágica del
postfranquismo. La democracia, casi en pañales todavía, pudo
irse al traste. Creo, honradamente, que la reacción de España
entera salvó nuestro futuro aquellos días aciagos.
Juan
Antonio Bardem, pensó que en los acontecimientos narrados había
una excelente materia cinematográfica y, además, aunque
él lo haya negado repetidas veces, una posibilidad de publicitar,
en el mejor sentido de la palabra, la presencia de su partido en la reciente
democracia, nada menos que con el testimonio de la sangre. Emprendió,
así, la realización de un filme que se esperaba con ilusión,
pero también con cierta reticencia: ¿sabría superar
el director su militancia.
La
respuesta, analizada fríamente Siete días de enero,es
que Bardem ha caído en una trampa, ya que en lugar de acentuar la
personalidad de los abogados muertos, ha hecho recaer el peso del filme
en las fuerzas reaccionarias que ejecutaron el hecho. El filme, acaba siendo
un juicio a una ultraderecha enloquecida y nunca una letanía a los
hombres muertos por un justo ideal.
El
tríptico formado por los más llamativos representantes
de la ultraderecha no puede ser más pobre, dramáticamente
hablando. Don Tomás, que se identifica con absoluta facilidad
con un conocido líder, parece una momia, que lanza alegatos tan
malignos como grandilocuentes, de forma que produce mofa, cuando, para
la dinámica del filme, debiera producir pavor, puesto que es el
cerebro de la organización. Sebas, el preparador de los jóvenes
militantes, resulta un ejemplar del lumpen más rastrero,
sin la menor inteligencia para programar acciones peligrosas. Y, en fin,
Luis María, el joven protagonista, hijo de una excelente familia,
cuyo padre militar llena con su recuerdo la vida del hogar, está
metido en un tinglado que le sobrepasa y que le instrumentaliza, jamás
del todo consciente de lo que está haciendo.
Para
acabarlo de arreglar, los ambientes en que se mueven los personajes principales
resultan demenciales. Las reuniones de la altísima burguesía
ultraderechista están dominadas por las fotografías del Caudillo,
los galones militares, las fotografías de Pablo VI y, en general,
por una falta de credibilidad que produce irritación. Igualmente
podríamos opinar de las fuerzas policiales, emblematizadas por ese
inspector de “la Social”, medio afeminado, trepador empedernido, que
mueve, desde la legalidad, los peones de la mafia ultraderechista,
siempre que le convenga. Ese tipejo más parece un chuleta de barrio
que un peligroso representante de la ley. De esta quema, a nuestro entender,
tampoco se salvan, para colmo de males, quienes están en torno
al bufete laboralista, especialmente el sindicalista Francisco Navarro,
en todo momento pésimamente dirigido en búsqueda del
“número mitin” que produzca el aplauso en la sala.
Fallo,
pues, de manera irremediable del guión, en personajes y situaciones,
pero, como decíamos, todavía más en la creación
de ambientes, que es lo que acaba por comunicar consistencia a un
filme. La ultraderecha queda pateada a unos niveles de manicomio. Y la
izquierda aupada mediocremente, salvo en las secuencias documentales.
Respecto
a la imagen de la mujer es lamentable. Bardem intenta hacer una diferenciación
tajante entre la mujer de izquierda y la de derecha, y así encontramos
dos prototipos que brillan más por sus ausencias que por el poder
del papel que el director les concede.
En
un principio analizaremos la imagen de mujer de ultraderecha, representada
por Pilar, madre de Luis María y Pilar, su novia. Desde un primer
momento, en la boda del hermano de Luis María, ya observamos la
rectitud y disciplina de las familias, así como la subordinación
de las mujeres a sus maridos y el fin último de casarse y ser madres
de las mismas; planteamiento perfectamente señalado por Wilhelm
Reich en “La psicología de masas del fascismo”. En estas
primeras escenas, vemos como las mujeres son corregidas por los varones
en el momento en que participan en temas políticos, así como
se encargan de la compra de regalos y de la preparación de la fiesta.
Por
otra parte vemos a Pilar, la novia de Luis María, esta está
totalmente subordinada a los mandatos de su padre, los cuales ella ni se
plantea replicar; no puede estar a solas con su novio, no pude salir a
más de las diez de la noche, etc. incluso, cuando él la besa
en un arrebato de pasión en el jardín de la casa, ella le
increpa diciéndole que le da asco. Aquí podemos ver a una
mujer totalmente reprimida por las costumbres sociales, religiosas y familiares
de un grupo social fascista.
Posteriormente,
durante el funeral de uno de los militares, las mujeres, solas, lloran
y visten de luto, mientras los hombres, brazo en alto, entonan canciones
fascistas, retratando a la mujer como desconsoladas viudas y a los hombres
como valerosos héroes.
En
una de las escenas, asistimos a un almuerzo conservador, donde una de las
hijas alardea de que la costumbre de la casa, es que cada una de las hijas
haga el menú cada domingo, mientras increpan duramente a la criada
y hacen caso omiso de las conversaciones políticas de los hombres
que denota una falta de interés político.
La
única participación política que se ve de una mujer
ultraderechista que se ve en el film, es la de la madre de Luis María,
que informa puntualmente a la agrupación de ultraderecha de las
opiniones de la prensa sobre los acontecimientos sucedidos, y alienta a
su hijo a que perpetre alguna acción violenta, haciendo honor a
sus apellidos. Aun así, ella no participa en las reuniones políticas,
que como le dice Luis María a su novia, son “cosas de hombres”.
Una
vez cometido el asesinato, Luis María se refugia en una casa en
las afueras, su novia le visita, y él la invita a que se quede,
a lo que ella le responde “¿por quién me tomas?”, frase que
no necesita aclaración.
Por
otra parte encontramos al prototipo de mujer izquierdista, en este caso
comunista. Se trata de Gloria, la abogada laborista, aunque su participación
en el film es prácticamente nula, podemos vislumbrar algunas características.
En
primer lugar viste de manera informal, menos femenina, se reúne
con hombres y toma decisiones, incluso en algunas escenas se observa cómo
algunos grupos de sindicalistas le piden opinión y consejo.
En
las secuencias recogidas de documentales, si encontramos varias mujeres,
manifestándose, participando, aunque levemente en asambleas del
sindicato (a veces en secuencias documentales y de ficción). Donde
sí encontramos una participación masiva es en el duelo de
los cinco abogados (papel casi reflejado como plañideras que coincide
con la más rancia tradición).
Por
último, donde sí encontramos una mujer (teóricamente
neutral) activa, es en el juicio, donde una fiscal arremete inteligentemente
contra los acusados.
Como
podemos ver, a pesar de los cambios políticos y sociales que debiera
haber producido la transición española, tanto en la historia
como en los films, la liberalización de la mujer y la imagen de
la misma continua siendo vejada. La ferviente participación de la
mujer en los días de la semana negra de Madrid, así
como durante toda la Transición, no son reflejados en el cine coetáneo,
dejando desamparado el hecho histórico y sesgando nuevamente (al
igual que con el franquismo) la historia, haciéndola partidista,
subjetiva y, desde luego, nada científica.
5.
Bibliografía.
*del
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1995.
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Comisaría General de España en Expo Lisboa ´98, 1998.
*VV.AA.:
Escritos sobre el cine español. 1973-1987. Valencia, Ed.
Textos Filmoteca, 1989.
*VV.AA.:
7 trabajos de base sobre el cine español. Valencia, Fernando
Torres, 1975.
1.
Aproximación a una metodología de análisis: cine e
historia y feminismo
Un
intento de "democratizar" el cine histórico sería el cine
religioso. Cuando sus protagonistas eran femeninas, monjas, respondían
a una característica común, eran las que proporcionaban la
alegría cotidiana, siendo un medio de acercamiento al público,
ya que le suavizaban las rígidas normas religiosas que vivían
a diario.
*CARTELERA
TURIA (Equipo): Cine español, cine de subgéneros. Valencia,
Ed. Fernando Torres, 1974.