MIERCOLES, 28 de MARZO

SESIÓN SEGUNDA:"LA REALIDAD DESNUDA: LAS MUJERES Y LA FOTOGRAFÍA"

COMUNICACIÓN: "La imagen de la mujer en el movimiento nacionalista vasco"

José Antonio Rubio Caballero. Universidad de Extremadura.


 
 
 

De la Tradición a la Política.

Hace tiempo que la cultura escrita perdió, si no la hegemonía, si el monopolio casi absoluto que en otras épocas poseyó sobre el conocimiento. Durante siglos la información a la que se podía tener acceso se mantuvo guardada en el ámbito de lo escrito, y era ése el único mundo que permitía llegar a los saberes. Pero es bien sabido igualmente que desde hace ya bastante tiempo, y en un proceso irreversible, casi vertiginoso, se han diversificado ampliamente las vías de que disponemos para conseguir información.

Cierto es que durante siglos la imagen jugó un papel importante en la transmisión de información, pero ha sido a lo largo de los últimos ciento cincuenta años cuando su importancia se ha revelado capital, con el desarrollo de nuevos medios tecnológicos basados en la imagen, tanto estática como cinética, muy difundidos en las últimas décadas a través de los medios de comunicación de masas.

El historiador por tanto no debe discriminar la importancia que ha adquirido la imagen en este período, y ha de saber aprovechar las enormes potencialidades que ella encierra. La imagen tiene la capacidad de capturar el tiempo en un instante, y de ahí su poder de evocación y sugerencia. No debemos pues renunciar a acercarnos a nuestro objeto de estudio a través de la imagen, que debido a los rasgos que le son inherentes (un encuadre que corta un espacio y que recrea un momento preciso), nos ofrece la posibilidad de interconectar diversos instantes, pudiéndose reconstruir de esta manera cualquier proceso. Por lo tanto, frente al monopolio casi absoluto del discurso escrito, la imagen permite, debido a esos rasgos mencionados, acercarse al conocimiento de la Historia.

La mujer en el primer nacionalismo vasco: la asunción de la Tradición.

Precisamente pretendemos ahora hacer una aproximación, utilizando esas potencialidades de que nos ofrece la imagen, a un campo concreto de la realidad, una realidad que es a la vez pasado y presente. Se trata de realizar una incursión en la Historia, o en un segmento de ella, del País Vasco, y más concretamente, en la Historia de la mujer imbricada en el movimiento nacionalista que se inició hace un siglo en el País Vasco. Podemos aprovechar las sugerencias que nos ofrece la imagen de un tiempo, de una tierra y de un pueblo (y dentro de él, la colectividad femenina) para acercarnos a una realidad histórica tantas veces mencionada, tantas veces estudiada, sin otro soporte que el texto tradicional.

Un hecho claro del que hemos de partir es que la vida pública ha sido siempre el ámbito privilegiado para la investigación histórica, debido a que tanto los protagonistas de ella, así como sus historiadores, eran hombres, y el punto de vista elegido era, como es lógico, el de ellos.. Por esto, en este campo, en el terreno de la Historia de la mujer, la imagen añade a las capacidades y potencialidades que reúne generalmente, una más, que es la de explicitar su presencia en la Historia, cosa que la mayoría de las ocasiones los soportes tradicionales, por unas u otras razones, no han hecho.

Mucho se ha escrito sobre la cultura tradicional vasca, y sobre el desarrollo de un movimiento no sólo político, sino social y cultural, que ha sido y es el nacionalismo vasco. Antropólogos, sociólogos, historiadores y demás, se han ido adentrando en ese mundo, cada uno con sus instrumentos y desde las perspectivas que les son propias a sus respectivas materias. Pero de lo que no hay duda es de que el entramado ideológico, el conjunto de valores en los que desde sus inicios se sustentó el nacionalismo vasco se corresponde con una determinada percepción de la realidad, una cosmovisión completa, en la que la sociedad, y dentro de ella el mundo de la mujer, se regía por unos parámetros muy determinados, como veremos. La imagen pues nos va a permitir acercarnos a la visión que del universo femenino existía en la cultura tradicional vasca, visión que asumirá de manera perfecta la ideología nacionalista en sus primeras décadas de existencia. Hay que insistir por tanto, en la asimilación que realiza el nacionalismo, en el final del siglo XIX, , por cauces políticos, de muchas de las pautas del mundo preindustrial que en Euskadi, precisamente en aquellos momentos, amenazaba con desaparecer.

Antes de nada habría que hacer una aclaración previa, pues no estaría de más recordar algunos puntos de la ideología nacionalista vasca en sus orígenes.

Se podría pensar que es descabellado el intento de unir en un mismo discurso, en una misma exposición, aspectos como el que hasta hora se ha mencionado (el mundo tradicional vasco y el papel de la mujer en el mismo) y un tema claramente "político", como es el de un movimiento nacionalista. Pero ello no resulta tan descabellado si tenemos en cuenta que en un contexto de industrialización acusada, de pérdida de valores y rasgos de la sociedad tradicional, y además con un proceso de inmigración de trabajadores provenientes de otras regiones, unido a la pérdida de los derechos forales que durante siglos rigieron la vida política y económica de las provincias vascas, con todo ello, por tanto, resulta inevitable que el nacionalismo vasco surja indisolublemente ligado a la reivindicación de todo aquello que en los fines del siglo XIX amenazaba con desaparecer. No se trataba, por lo tanto, de un nacionalismo con la vocación europeísta que poseía el catalán, por ejemplo, sino que hay que contemplar a este nacionalismo vasco en cierto modo como una reacción defensiva contra los fenómenos que definitivamente parecían eliminar los restos del Antiguo Régimen.

Cierto es que este punto de vista tan radical y maniqueo será sobre todo propugnado en los tiempos iniciales del nacionalismo, concretamente desde su fundador, Sabino Arana, y que con el paso de las décadas nuevas capas sociales ligadas al capitalismo y al mundo urbano serán las que nutran principalmente los cuadros dirigentes del Partido Nacionalista Vasco, pero nunca se eliminarán del todo los posos del componente tradicionalista de la que bebió el nacionalismo en sus inicios. De ahí la tendencia a organizar, incluso en la actualidad, actos políticos en campas, y exportar una imagen aún ruralizante a pesar de la fuerte industrialización, hecho que perfectamente definió García de Cortázar como "un ambiguo sincretismo, mezcla de campanario de aldea y consejo de administración".

Para empezar a acercarse mediante la imagen a esos finales del siglo XIX, a esa época en la que comenzaban a quebrarse viejos mitos, a romperse las estabilidades tan idealizadas por muchos escritores e ideólogos, nada mejor que centrarse en lo que se puede considerar el núcleo del mundo tradicional vasco: el caserío. La vivienda rural es el hogar de la familia tradicional vasca, y en ella se concentran las esencias de aquello que, por estar amenazado por la industrialización y la inmigración, precisamente se reivindicará luego desde el nacionalismo. El caserío cobija a la familia, como decimos, que es el núcleo de esa sociedad, una familia en la que cada uno de sus asume un papel muy determinado, donde nada queda para la improvisación. Y la mujer, por tanto, encarnará una serie de esencias perfectamente apreciables a través de la imagen.

Pero antes de entrar en ese análisis sería conveniente remontarnos muchos siglos atrás, hasta la noche de los tiempos. En una mirada retrospectiva hacia las esencias culturales vascas más remotas y profundas, entramos, bien es cierto, en el mundo de lo no científico, la leyenda, pero no por ello podemos dejar de comprobar que el papel de lo femenino es bien diferente en el terreno de la mitología. Una mitología que precisamente se ha conservado muy viva en este ámbito geográfico y cultural. Así, no deja de sorprender la evocación de la mujer que subyace en la memoria tradicional vasca, evocación hacia un mundo, ciertamente mitológico, pero un mundo en que esa imagen de la mujer no coincide para nada con los roles que ha desempeñado en la realidad.

La mitología vasca, en la que hunde sus raíces ancestrales toda esta sociedad durante siglos, nos ofrece una imagen de lo femenino bien diferente a lo que es la realidad en el mundo tradicional del caserío, al que ya hemos aludido. Una mujer poderosa, malvada en ocasiones, que perfectamente es insertable en lo que hoy se considera una invención mítica más: el supuesto carácter matriarcal que regía la sociedad de los vascos antes de la irrupción de los pueblos indoeuropeos en la península. Así pues, y en consonancia con ese matriarcado, la mitología vasca nos ofrece todo un repertorio de figuras femeninas que connotan poder. Poder de seducción y hasta engaño sobre los hombres, en muchas ocasiones. El poder que concede la belleza, en otras. Tenemos por ejemplo las, hadas del folklore vasco, conocidas como lamias, heredadas seguramente de otras mitologías (grecolatina, germánica). Se trataba de seres con figura femenina, y patas de palmípeda en lugar de pies. Acerca de ellas existen numerosas leyendas, y muchas coinciden en su capacidad de enamorar a los hombres para luego engañarlos. Tendríamos también a las brujas, con una amplia gama de posibilidades de presentación en el poso cultural pagano de los vascos. Pero en definitiva, la idea en la que fundamentalmente hay que insistir es en la conjugación que la cultura vasca, a lo largo de los siglos, realizará de estos dos mundos tan opuestos, el de lo matriarcal, con el poder de lo femenino, y que sólo tiene representación en lo legendario, y el de lo patriarcal, que sí que ha gozado de expresión real más allá de la mitología. A este respecto se ha afirmado que el matriarcado simplemente es "una elaboración de la fantasía masculina que representaba a una mujer madre, en un pasado remoto, investida de poder sobre el hombre" . Afirmación que no está en absoluto desencaminada, a tenor del nulo reflejo que ese supuesto mundo de poder femenino ha tenido en la cultura tradicional vasca.

Pero fuera ya del mundo de la mitología volvemos a la realidad histórica. Y la realidad del mundo tradicional vasco nos devuelve al caserío, centro, como hemos dicho, de una sociedad netamente patriarcal. Y a partir de esa imagen del caserío, que concentra todo un mundo de valores entrelazados y estructurados, vamos a estudiar la imagen de la mujer.

En primer lugar podemos comenzar por el entorno más elemental y próximo a esa sociedad tradicional: el campo y sus labores. La mujer, en la estructura familiar tradicional que durante siglos reinó no solo en tierras vascas, sino en otras muchas regiones, desempeñó un papel importante en el engranaje general de la economía. La etxekoandre o mujer de la casa ayuda al marido en muchas de las tareas agrícolas, pero no por ello, como pudo inducir a pensar el mito del antiguo matriarcado, deja de tener una posición supeditada a la del etxekoakojaun o señor de la casa.

También la mujer, en esa sociedad dominada por los hombres, era sin embargo ingrediente importante de la publicidad, donde en muchos casos funcionaba como objeto o simple motivo de reclamo hacia eventos que nada tenían que ver con ella. Por ejemplo, en el cartel anunciador de las corridas de toros de las fiestas de San Sebastián en 1887, es una mujer la que adorna el motivo publicitario, funcionando en buena medida de la misma manera que lo hace en gran parte de la publicidad actual.

Pero fuera ya de la publicidad, la mujer de aquel mundo tradicional, del que, reiteramos, el nacionalismo va a hacerse eco, tenía su ubicación en el hogar. Y para ello podemos volver a las imágenes, esta vez pictóricas, que nos ilustran esta realidad.

La pintura reproduce de una forma un tanto idealizada la posición de la mujer, ahora no como trabajadora del entorno rural como veíamos antes, sino en su medio habitual, el hogar.

Y en este punto podemos citar algunas frases escritas por Sabino Arana, fundador del nacionalismo vasco como movimiento político y social, que siempre se mostrará en una actitud reivindicativa de lo tradicional. A la mujer le dedicó algunos párrafos como este:

"No le tiene al hombre más que por necio, por liviano, por cobarde o por perdido, según los casos…no sabe más que ser desagradecida, aborrecer, no amar y perseguir…esos defectos de esta infeliz mitad del género humano son ingénitos en ella e inseparables de su sexo: si la mujer, con lo vana que es, amara, el mundo sería una orgía continua y de sus locuras estaría saturada la vida social; y i es vana e inferior al hombre, es decir, si no tiene tanto seso y corazón que éste, es porque, de suceder lo contrario, la lucha entre el hombre y la mujer sería terrible desde el hogar doméstico hasta las esferas más elevadas del gobierno de los pueblos."

Es decir, Arana reafirma la posición de inferioridad que posee la mujer con respecto al hombre. Si la virilidad se convierte en sinónimo de valentía, bondad, nobleza y patriotismo, lo contrario ocurre con la feminidad, equivalente a lo corrupto, incivilizado y por ende antipatriótico.

No olvidemos tampoco el carácter profundamente clerical de la sociedad tradicional vasca, carácter que, como es evidente, recoge la ideología nacionalista. Y en los textos de su fundador son perceptibles las huellas incluso de la Biblia a la hora de denostar a las mujeres. Véase por ejemplo el mito del Génesis, en el que ya aparece atribuido el carácter de "debilidad" al género femenino. Por dicha debilidad, al hombre, con respecto a la mujer, le correspondía ejercer una tutela, amorosa, pero medio de control al fin y al cabo.

No obstante, hay una función, como decíamos más arriba, fundamental para la mujer en la sociedad: la reproducción, y en definitiva, la salvaguarda de la raza. Así lo expresa el propio Arana:

"Hemos dicho que la mujer no ama, entendiendo por esto, como todos entienden que la mujer es eminentemente egoísta y sólo trabaja pro domo sua. Pues dime, ¿has visto tú amor más grande en la tierra, amor más tierno, más instintivo, más ciego, más profundo, más indefinible, que el amor de las madres para con sus hijos? ¿has visto amor más puro, más generoso, amor más amor?".

Sí que hay por tanto un hueco para la mujer en la sociedad, el hogar, donde habrá de educar a los hijos y conservar la raza, por lo que se convierte en salvaguarda de las virtudes tradicionales que se hallan amenazadas.

En este sentido la pintura de finales del siglo XIX recrea constantemente motivos que ilustran a la perfección cuál es la posición del género femenino: desde imágenes de madres cuidando niños en la enfermedad, hasta la presentación de mujeres de distintas generaciones, la muchacha y la vieja, en donde ésta alecciona a la menor, dándole consejos, llevándole a la iglesia, etc… Lo que en definitiva se nos presenta es una microsociedad aparte, constituida exclusivamente por el género femenino, en la que de generación en generación se reproducen conductas sociales.

Y uno de los entornos a los que la microsociedad de lo femenino del mundo tradicional vasco se circunscribe, y desde el movimiento nacionalista se propugnará, sería el ámbito de lo religioso y de lo hogareño.

De un lado los lazos y las obligaciones para con el hogar, la crianza de los hijos, que en claves del nacionalismo inicial era entendida como la salvaguarda de la raza. Y de otro, la Iglesia, la religión, mundo de valores conservadores de la tradición y por otra parte único modo de socialización de la mujer durante mucho tiempo.

Hemos aludido también a que las posturas conservadoras y nacionalistas estiman a la mujer únicamente en su papel auxiliar en la sociedad. En un mundo regido por hombres, es necesaria igualmente la presencia femenina, no para introducirse en la vida pública, y mucho menos ocupar cargos en ella, pero sí para aportar las virtudes que tradicionalmente se le atribuyen: la dulzura, la sensibilidad y la ternura necesarias para el funcionamiento de la sociedad, virtudes que proyecta no sólo en el hogar, sino en otros ámbitos siempre auxiliares:

El contraste entre lo masculino y lo femenino se hará presente siempre que se pueda. Por ejemplo, eran abundantes, a principios de siglo, las obras teatrales de dudosa calidad artística, pero de importante contenido social y patriótico en el que se reivindicaban todos los valores tradicionales, unidos siempre a los nacionalistas. Se solían representar ciertas obras que recrean las míticas, más que conocidas científicamente, batallas en las que los pastores vascones vencían a los invasores extraños, ya fueran asturianos, leoneses, castellanos…Leyendas que además suelen contar con la presencia de alguna "varonil mujer vizcaína" que con su actuación contribuye decisivamente a la victoria de los vascos. Todo lo cual supone la conjunción de la inteligencia y la fuerza atribuidas al hombre con el poder maternal y simbólico de la mujer. Mito que aúna los ideales de patria, virilidad y maternidad (y que mucho recuerda a mitos de los que se dotan todos los pueblos, como por ejemplo el Agustina de Aragón como símbolo de la resistencia a los franceses en el caso español). Queda también representado mediante la imagen la memoria de lo que fue el patriarcado tradicional: el carácter viril y guerrero del hombre, en contraste con la blancura de las telas y la actitud femeninas.

Pasado y presente, tradición y modernidad.

A lo largo del siglo XX la Humanidad ha asistido a varios procesos de cambio que bien podríamos calificar de radicales, teniendo en cuenta la magnitud de las transformaciones operadas a nivel político, económico, social, cultural, o mental. Y uno de ellos, sin duda, es el de la liberación de la mujer, proceso que evidentemente no está ni mucho menos acabado, pero en el que se han dado pasos de gigante.

En el mundo occidental, durante este siglo recién acabado, se han ido desarrollando procesos como la democratización de los sistemas políticos, la irrupción de un sistema económico capitalista basado en el consumo de masas, o la definitiva laicización de sociedad y cultura, que han llevado irreversiblemente a la ruptura de infinidad de valores tradicionales que hasta principios de siglo pervivían con fuerza sobre todo en medios rurales como el que hemos analizado. Por tanto, el caso de la sociedad tradicional vasca, cuyos valores asume y politiza el nacionalismo, nos ofrece un importante ejemplo en este aspecto: la presencia de modernización y continuidad siempre unidos.

El caso concreto de la situación de la mujer que aquí nos ocupa es bastante clarificador en este aspecto. En las dos últimas décadas de siglo XX el nacionalismo vasco ha alcanzado definitivamente el poder en su territorio, y, como movimiento político acorde con los tiempos, pero a la vez deudor toda una tradición, ha dado cauce a tal dicotomía mediante una fusión de la modernidad y el pasado, muchas veces paradójicamente unidos.

La mujer, antes apartada totalmente no sólo del poder, sino también de cualquier actividad pública (pese a los intentos de asociaciones como Emakume Abertzale Batza, que desde 1922 tuvieron cierta relevancia en el seno del movimiento nacionalista), ha encontrado vías de salida de esa posición subordinada ya desde la transición a la democracia.

Resultaría imposible ver la participación de lo que el fundador Arana entendía como el "sexo débil" en actos políticos, en la lucha de los nacionalistas por el reconocimiento de sus reivindicaciones, tanto desde la moderación:

Como desde la radicalidad, bajo ideologías, de las que seguro los primeros nacionalistas hubieran abominado, y fundidas las mujeres, ya sin diferenciarse, con los hombres:

Y mucho menos se podrían imaginar aquellos primeros nacionalistas, que como hemos tratado de explicar aquí fueron los auténticos encauzadores del entramado ideológico fuerista que desde siglos vivía en tierras vascas, que la mujer alcanzara puestos y cargos de relevancia pública, a través no de movimientos que podrían considerar poco menos que heréticos (socialismo), sino a través del propio movimiento nacionalista.

O que en fiestas populares, tradicionalmente el cajón de las esencias tradicionales, hasta lo más sagrado fuera objeto de escarnio, y el papel de la propia mujer o de instituciones como el matrimonio o de recibieran miradas satíricas.

Pero ese cambio tan lógico como fundamental que se ha producido en la cosmovisión nacionalista no implica que el pasado desaparezca. No olvidemos que el pasado es, en cierto modo, razón de ser central de un movimiento nacionalista: por ello, desde el poder ocupado por tal movimiento en la democracia, y en un mundo tan diferente al que fue caldo de cultivo de aquel primer nacionalismo, la tradición siga viva, y en buen medida alimentada, fomentada, por esos poderes actuales que se saben deudores de tal tradición:

Volvemos a la dicotomía, la separación de los mundos masculino y femenino, educación en valores tradicionales, valores que ahora no surgen, como es evidente, de manera espontánea, sino alimentados, fomentados desde los medios de comunicación, televisiones autonómicas, y como es evidente, únicamente con las intenciones "folklóricas" de recordar esa deuda con el pasado que los pueblos, y menos pueblos como el vasco, no olvidan.

En definitiva, a través de un recorrido por la imagen a lo largo del tiempo podemos apreciar continuidades y diferencias, pervivencias y contrastes, y advertir cómo en el caso de la mujer, en un mundo de valores tradicionales como el que hemos descrito, sigue vivo el diálogo entre tradición y modernidad.