TEXTOS DE LAS I JORNADAS SOBRE TELEVISIóN (diciembre, 1999)
 
          
 
  • La Tertulia Rosa: Un espejo en la salita de estar,
    por Gonzalo Abril


Platón en el plató, Aristóteles en la tele (1 de 7)

El título de este preámbulo es un juego de palabras de dudoso ingenio, pero me gustaría justificarlo en relación con las intenciones que inspiran mi exposición. La llamada "nueva televisión" es aristotélica en el sentido de la retórica del filosofo, una retórica de lo verosímil, "de lo que el público cree posible", y por ello interesada en la psicología del receptor.

Es también bastante conforme a la política de Aristóteles, que Barthes (1982: 17-18) consideraba congruente con aquella teoría de la retórica en cuanto "retórica de masas": una política del justo medio, democrática y mesocrática a la vez, "destinada a reducir el antagonismo entre los pobre y los ricos", devota del sentido común. "El invitado juzga mejor los manjares que el cocinero", dictaminaba Aristóteles, y la neotelevisión consagra, en ese mismo sentido, el criterio popular frente a los saberes especializados y profesionales. En palabras de Mehl ( 1996: 8), la "irrupción de la palabra profana" es una característica fundamental de la "televisión de la intimidad" y, a mí parecer, por extensión, lo es de la televisión de los noventa.

Pero, por otro lado, el espíritu de Platón desciende con frecuencia a los platos neotelevisuales, como bajaba también, de vez en cuando, a las páginas de su discípulo de Estagira. Pues la nueva televisión, y en particular el subgénero de la tertulia rosa, no se limita a limitar de acuerdo a los deseos de la multitud" como aquel pintor al que desacredita Platón en el libro X de La República, sino que a través de sus catódicas "pinturas" del mundo social (sobre todo las referidas a la casta mediática de los "famosos") permite la irradíación alegórica de alguna "verdades ultimas": arquetipos, valores y vínculos primigenios, como la relación materno-filial, la eficacia integradora del ritual, del gesto y del tono, y también la vigencia de instituciones políticas "incontestables", como nación y monarquía. La crítica de la cultura masiva se inclina a Platón precisamente cuando subraya el "platonismo" de los discursos mediáticos: es el caso de la investigación, semiótica o no, que escruta en los textos las representaciones ideológicas y las estrategias de poder discursivo más o menos subyacentes y furtivas.

Otras veces se vuelve aristotélica, al enfatizar el "aristotelismo" intrínseco de la comunicación de masas: es el caso de las investigaciones etnográficas y/o de "estudios culturales" que tienden a reconocer los espacios de negociación y de diálogo implícito en que se ejerce la absorción hegemónica de lo popular por el discurso de los medios, y las prácticas y procesos de interpretación y apropiación por parte de públicos supuestamente activos y socioculturalmente diferenciados. Ambas orientaciones tienen sus riesgos: la primera puede incurrir en una interpretación monológica, cuando no elitista y etnocéntrica de los procesos massmedíaticos. La segunda alimenta un relativismo que puede ponerla al servicio de la mera legitimación "multiculturalista" del capital mundializado y de la tiranía del mercado mediático. Como ha señalado Morley (1996: 63), "la celebración de la creatividad y el placer de la audiencia puede confabularse demasiado fácilmente con un sistema de poder mediático que en realidad excluye o margina a la mayor parte de las voces y perspectivas de alternativa o de oposición".

Pero el debate epistemológico y político solo interesa aquí como un telón de fondo para problematizar mis propias lecturas. Emprenderé, pues, el comentario de la tertulia rosa desde una perspectiva ecléctica que pretende dar a Platón su "trocito" de plató y a Aristóteles su parte de tele.

 

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Instituto de Cultura y Tecnología
Universidad Carlos III de Madrid