BIOGRAFÍA
(s. VI a.C.)
Los datos que poseemos sobre este
autor son realmente escasos, la mayoría de ellos entresacados de
su obra, en la que no habla de sí mismo como particular, sino más
bien representa la figura del poeta como encarnación de una concepción
del mundo. Sabemos que nació en Cinoscéfalas (Tebas) hacia
el 518 a.C., probablemente en el seno de una familia aristocrática,
y que viajó a Atenas, donde aprendió música. Se cuenta
que el gobierno tebano le impuso una multa de mil dracmas por componer
una oda en alabanza de Atenas. Esta rivalidad entre polis era frecuente,
ya que cada una de ellas se consideraba un estado independiente, unida
con la totalidad del mundo heleno sólo por lazos culturales y para
defenderse de un enemigo común. En la guerra contra este enemigo
común Píndaro mostró cierta simpatía por los
persas, de la que tuvo que retractarse. Su consagración como poeta
tuvo lugar en Sicilia, donde consiguió el éxito que le haría
famoso en toda Grecia. Allí se acercó a los gobernantes Hierón
y Terón, a quienes ensalzó con sus odas. Dedicó también
un poema para el alcmeónida Megacles con motivo a su condena al
ostracismo, en el año 486. Su producción literaria se extiende
del 498 al 446, que son las fechas de su primera y última oda, respectivamente.
La tradición señala
Argos como el lugar de su muerte, aunque no podemos indicar ninguna fecha
exacta, quizá el 348 a.C.
ESTILO
La obra más importante de
Píndaro son los Epinicios, de los que conservamos 45, escritos
en un estilo severo y un tono elevado, grandioso, en el que se aprecian
una audacia del orden sintáctico junto con abruptas transiciones.
En los dos últimos siglos se ha planteado en los círculos
de la crítica un debate en torno a la unidad formal y de contenido
dentro de sus escritos, sin que se haya llegado a una postura unificada
acerca del asunto. Tiene influencias de Apolodoro y Simónides. El
tema fundamental de las odas es la exaltación de los atletas victoriosos
en las competiciones deportivas, no tanto como una forma de elogiar al
individuo en tanto que persona concreta, sino como receptáculo de
lo que ha dado en llamarse virtudes agonales: fuerza, resistencia, honor,
disciplina, cooperación y equilibrio; estas son las destrezas que
componen el concepto de areté aristocrática, que es
hereditaria y se otorga al hombre como un favor de la divinidad. No debemos
olvidar que los concursos atléticos eran principalmente una proyección
de la las habilidades bélicas a un terreno más neutral, una
manera de que cada estado exhibiera ante sus vecinos su potencial guerrero
sin llegar al derramamiento de sangre. La mayor recompensa del atleta y
del soldado es la fama, la gloria que deposita en él toda la comunidad,
que de esta manera se identifica con su campeón, quien pasa a representar
a toda la nación. Del mismo modo, el poeta es la voz y el guía
de su pueblo, aquel que dice la verdad sobre toda las cosas y muestra el
camino hacia el éxito sin transgredir el modelo de moral tradicional.
Píndaro se sirve muy a menudo del mito en sus metáforas,
contribuyendo al afianzamiento de la religión olímpica en
su apogeo inicial, cuyos dioses (especialmente Zeus) presenta como poseedores
de una fuerza sublime y que permanecen inescrutables en sus moradas de
bronce. Algunos expertos han señalado elementos de una religiosidad
menos ortodoxa en los versos pindáricos, más concretamente
alusiones veladas a los ritos de la religión órfica. Se trata
de un culto esotérico (es decir, que sus secretos estaban restringidos
a unos pocos iniciados) proveniente del sur de Italia, consagrado a Orfeo,
el cantor mitológico que consiguió bajar a los infiernos
para rescatar a su amada, fracasando en el último momento. Poco
conocemos de esta doctrina, ya que quedaba terminantemente prohibido a
sus practicantes revelar los secretos que conocían, pero parece
innegable que la transmigración de las almas jugaba en ella un papel
importante, así como la prohibición de consumir alimentos
de origen animal. El nexo difuso que une la poesía de Píndaro
con estos ritos se revela, según los defensores de esta postura,
en el empleo de una serie de símbolos, por ejemplo el aspecto visual
en que hace énfasis el poeta, la contraposición de luz y
oscuridad, el oro y el agua, el fuego. Esta conexión entre Píndaro
y los cultos órfico-pitagóricos explicaría la función
dediversos elementos en su obra, como la luz, que cumple una función
evidente en su obra, no sólo porque resulte imposible concebir el
mundo de la Grecia mediterránea sin ese brillo cegador que inunda
el espacio, también porque el resplandor de lo dorado está
asociado con la gloria del vencedor. Abundan los elementos que evocan lo
ilimitado, lo grandioso, en forma de cielo, mar o montañas. Las
ideas son representadas mediante imágenes tangibles, intensamente
ligadas a los sentidos, de forma que el pensamiento se torna imagen. En
el manejo del tiempo, combina presente, pasado y futuro como integrantes
de una misma cosa, alternando en el ritmo la lentitud y la aceleración.
En cuanto a los aspectos formales,
Píndaro es considerado la culminación del arte lírico
coral, que logra imitar el sonido armónico pero potente de la lira
con un lenguaje rico, lleno de adjetivos complejos y florituras, puesto
al servicio del sentimiento, del pathos. Hay en su léxico
cierta variedad de elementos dialectales, especialmente beocios, pero unificados
bajo la lengua dórica. El epinicio es una composición laudatoria,
que puede ser de ofrecimiento, si es corto y se consagra al atleta vencedor
de unos juegos, o bien formal, en cuyo caso estaba dedicado al tirano o
algún aristócrata de la ciudad y tiene una duración
mayor.
Como educador moral, Píndaro
busca la armonía cósmica, el orden en el que se unifican
lo político, lo moral y lo estético, y se sirve de sentencias
en las que expresa los valores comunes compartidos con su auditorio, que
se materializan en la figura del atleta o el guerrero. a menudo se ha señalado
que la función principal de este poeta fue la exaltación
de los ideales de la clase aristocrática, a la que pertenecía,
una suerte de apología.
OBRAS
Las 45 odas compiladas en los cuatro libros de epinicios (cantos dedicados al honor de los vencedores de los Juegos Panhelénicos), han llegado a nuestros días a través de papiros fechados entre el siglo II a.C. y el II d.C.
Además, se conservan una serie de fragmentos que contienen himnos, peanes (cantos en honor a Apolo, de carácter guerrero), cantos al vino, trenos (cantos fúnebres), etc.
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