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Lara Vilà JOSEPH BÉDIER
El nombre de Joseph Bédier pasará a la posteridad, muy probablemente, junto a la hermosa historia del Roman de Tristán e Isolda, pero también como uno de los romanistas más influyentes del siglo pasado, que dedicó su vida al estudio de las obras más relevantes de la literatura francesa medieval, convirtiéndose en un maestro en el arte de la edición de textos antiguos bajo cuya estela se formaron otros célebres filólogos. Hombre profundamente crítico y desapasionado, entre sus obras destaca la edición de la Chanson de Roland, así como los diversos estudios dedicados a la épica medieval y a las cuestiones relacionadas a los orígenes de las obras cumbre de la literatura francesa antigua. Su vida, como su carácter, y a pesar de haber sufrido de lleno la experiencia de una guerra mundial, se caracteriza, sin duda, por un conformismo y un patriotismo sin fisuras, por un respeto por la tradición y los ancestros que su mismo padre se encargó de inculcarle. Si su maestro, Gaston Paris, fue el padre de la disciplina filológica en Francia y vivió los años más heroicos de la misma, la trayectoria vital y profesional de Bédier encarna su definitiva institucionalización. Bédier nació en París, pero pasó toda su infancia y adolescencia en la tierra paterna, la isla de Bourbon, hasta que, en 1883, con diecinueve años, ingresó en la École Normale en la que permaneció hasta su graduación. Parece ser que durante esta primera etapa de su formación, Bédier, cuyo talante le hizo ganarse un gran número de amigos que conservaría durante toda su vida, supo aprovechar sus años de juventud en la tumultuosa París. Como expresó púdicamente en una ocasión su esposa Eugénie, "vivió la vida de estudiante". Una vez superados sus estudios en la École Normale, su curiosidad juvenil y la veneración que sentía por la figura de Brunetière le llevaron a pensar que su carrera no se encontraba en la enseñanza secundaria sino en el mundo académico. Deseoso de aprender más cosas de las que la École Normale le había enseñado, se dedicó a asistir a las conferencias ofrecidas por la École des Hautes Etudes y el Collège de France donde conoció al que fue su maestro, Gaston Paris, quien siempre ejerció sobre él una gran influencia y al que siempre veneró. Ya por entonces, su máxima ambición era... orientarse a través del caos de nuestros textos antiguos, agruparlos según sus afinidades, clasificarlos, remontarse, para cada leyenda, hasta la forma más antigua conocida... [Les legendes épiques, en EV, 16] En su afable maestro encontró
casi a un segundo padre que nunca tuvo con él ninguna palabra de
reproche, ni siquiera cuando el discípulo se dedicó a cuestionar
metódicamente algunas de sus teorías, especialmente, como
veremos, la de las cantilenas, en su afán por llegar hasta los orígenes
de las obras que estudiaba.
Lo que más me sorprendía era una aparente timidez y una especie de turbación algo ingenua. Todo el curso estaba escrito y Bédier (ya que no me atrevo a llamarle "el orador") tenía su copia, [leía] sin alejarse jamás de ella, o, en cualquier caso, muy raramente, y sin levantarse jamás de su silla. Sin embargo, uno podía percibir una firmeza sosegada, a pesar de dar la impresión, en ocasiones, de vacilar. [AC, 490] Bédier se concentró para responder a la exigencia de sus alumnos consiguiendo ejercer una amplia influencia sobre ellos. Éstos significaban mucho para él, y se dedicó a ellos con verdadera vocación. En palabras de su hija, En aquella época, mi madre le oyó pronunciar en algunas ocasiones estas palabras: "¿Mis alumnos? ¿Qué es lo que no les debo? ¡Son ellos los que me han hecho lo que soy!". Si mi padre veneró y admiró a algunos de sus maestros, amó a sus alumnos y les demostró un reconocimiento distinto, pero probablemente de igual importancia. [AC, 132] Esta observancia estricta de su propio
trabajo, ya fuera en sus escritos o en sus clases, es una de las constantes
de su obra y de su vida que coincide, como recuerda Henry, con una dificultad
expresiva. Bédier, a diferencia de su maestro Gaston Paris, que
sabía engarzar una anécdota tras otra con naturalidad y brillantez,
era escritor antes que orador y erudito. Siendo como era un prosista refinado,
no sabía explicarse con soltura y, fiel a la escrupulosidad de su
carácter, se perdía en el detalle, preocupado siempre por
no dejar nada en el tintero. Sin embargo, la escritura no dejaba de ser
también, por las mismas razones, una tortura. Bédier escribía
igual que hablaba, con lentitud y de manera vacilante, buscando siempre
la palabra más precisa, corrigiendo hasta la saciedad, nueve y diez
veces si era necesario, en un intento de encontrar la forma precisa para
lo que quería expresar. No sorprende en absoluto que sintiera cierta
aversión a mantener correspondencia: escribir cartas era un esfuerzo
suplementario para una persona que, como él, poseía tan poca
disposición para la improvisación.
A pesar de su concentración
en la labor docente, Bédier supo encontrar tiempo para publicar
diversos trabajos en Romania y en la Révue de Deux Mondes, alentado
por Gaston Paris y Brunetière. Sin embargo, la fama y el reconocimiento
definitivos le llegan con la publicación del Roman de Tristan et
Iseut (1900), una historia que, hasta aquel momento, era desconocida para
el gran público francés. Las divergencias que existían
entre las dos versiones conservadas, la de Gottfried de Estrasburgo y la
de Béroul, le llevaron a escribir, para su propio placer e intereses,
"un poema francés del siglo XII compuesto a fines del XIX" [FL,
10], según las propias palabras de Gaston Paris en el prólogo.
En las investigaciones previas a su reescritura del roman sobre los dos
amantes medievales se reproduce la preocupación de Bédier
por dar con los orígenes de una leyenda así como la búsqueda
insaciable destinada a descubrir la forma en que ésta fue fijada
para la posteridad. Al mismo tiempo, Bédier se propone rescatar
la leyenda del wagnerismo de que ha sido objeto, en un intento por devolverle
su esencialidad francesa. Se trata, en el fondo, de una misión patriótica,
que enlaza perfectamente con el carácter de la obra del filólogo.
Así, desde un punto de vista científico, Bédier se
esfuerza por desentrañar y demostrar que las leyendas artúricas
son originarias de Francia, lo que le lleva a privilegiar el texto de Béroul,
algo que está en la línea de sus trabajos en la edición
de textos. En esta obra se funden, necesariamente, el filólogo y
el poeta. Gracias al primero, el segundo puede trabajar con un texto reconstruido
a partir de las variantes y las concordancias de las versiones más
antiguas conservadas de la leyenda, con un texto lo más parecido
posible al que estableció la leyenda originaria. Alentado por el
éxito y por un primo suyo, Louis Artus, Bédier escribió,
treinta años más tarde, una adaptación teatral del
texto que no satisfizo, sin embargo, las expectativas del autor. A pesar
de todo, el Roman de Bédier sin ninguna duda ejerció una
gran influencia en la imagen que la modernidad se ha hecho de la Edad Media.
Nuestra influencia aquí está dominada de una manera desproporcionada por la influencia alemana; y resultará fácil, con un poco de buena voluntad y de espíritu, cambiarlo, hacer que Francia tenga también su cometido en el mundo americano. (...) En Francia ignoramos totalmente los medios verdaderos para servir a nuestro país. (...) Siento que mi país descuida, por falta de información, los campos de influencia que debería explotar provechosamente. Y creo que podría, a mi regreso, trabajar para hacérselo entender. [AC, 308] Porque Bédier era, por encima de todo, un patriota a ultranza y un republicano en política. Durante aquellos años tuvo lugar el escándalo del caso Dreyfus y nuestro autor se situó en el bando de los dreyfusardos, aunque de una manera discreta. Durante mucho tiempo asistió periódicamente a las tertulias sobre política que se celebraban todos los jueves en el salón de la marquesa Arconati-Visconti. La marquesa, de origen francés y viuda de un rico marqués italiano, heredó una gran fortuna que utilizó para financiar a la Sorbona y al Collège de France, generosidad que hizo extensiva también a Bédier. Relacionada, pues, con el ambiente artístico, intelectual y político de la época, su célebre salón gozaba de la presencia de importantes personajes de la época. El mismo Dreyfus era habitual de estas reuniones. Las opiniones del romanista acerca del caso son claramente patrióticas: La gran lección de moralidad de la que habláis, Francia ya la ha recibido durante la saludable crisis de estos últimos años. Me atrevería a decir que ha dado esa lección todavía más de lo que la ha recibido, puesto que, ¿qué otro pueblo además del nuestro habría encontrado a tantos hombres dispuestos a sacrificar sus vidas o su pan para liberar a un inocente? [carta a la marquesa Arconati-Visconti, enero de 1904, AC, 329] En cierto modo, Bédier manifiesta su republicanismo del mismo modo que su agnosticismo: siempre dentro de los parámetros de la tradición. Comenta con cierta ironía F. Lot que, para él, un matrimonio civil era como un pecado contra la sociedad y que, si bien escribió sobre los amores de Tristán e Iseo, habría negado tener trato alguno con una pareja que vivía en un estado tan "irregular". De la misma manera, sus tendencias políticas estaban también matizadas por su carácter conformista: a diferencia de muchos de sus contemporáneos nunca se sintió atraído por la práctica política; a pesar de tener tratos con socialistas, nunca lo fue y sentía antipatía por el marxismo. En general, no se sentía demasiado cercano a un partido político determinado. Eugène Vinaver, un alumno suyo, le definía así: En la época en que le conocí, al igual que en sus inicios, ciertos espíritus superficiales le creían falto de originalidad. Él aceptaba el mundo tal como era, y Francia tal como era, sin interrogarse jamás acerca de los grandes problemas que agitaron a los hombres de su generación. Jamás se interrogó sobre la sabiduría y la bondad del universo civilizado. Parecía decir: "Todo lo que se hace en Francia está bien porque es francés; no está bien llevar la contraria.". [AC, 499] Este conformismo de carácter nacional es extensivo a su desinterés por otras literaturas fuera de la francesa. Para él, respetuoso con las glorias establecidas, la literatura francesa se bastaba a sí misma. En lo que se refiere a su apariencia externa, Ferdinand Lot le define como un "gentleman" de los pies a la cabeza. Y así era. Las maneras externas le preocupaban sobremanera hasta el punto de tomar en consideración a un alumno por la exquisitez de su educación antes que por sus conocimientos de gramática. Era de trato afable y cortés, correcto en todo momento. Su aspecto exterior se correspondía perfectamente a sus maneras, y siempre vestía como si estuviera a punto de salir a la calle. Como resultado de sus clases dedicadas a los cantares de gesta nace otra de sus grandes obras: Les legendes épiques (1908-1913). Lo que inicialmente no era más que un examen de los textos con la finalidad de explicar la formación de algunos ciclos épicos, terminó por convertirse en un cuestionamiento de una teoría tan reconocida como la de las cantilenas de Gaston Paris. Él mismo la había aceptado durante muchos años, hasta que los cursos que dio sobre cantares de gesta en el Collège le hicieron profundizar sobre el tema ante las dudas que iban apareciendo a propósito de los orígenes de estas composiciones y movido por una búsqueda obsesiva de la verdad. Su intención no era la de contradecir, ni mucho menos, a su maestro. Yo no lucho contra esa teoría. (...) Únicamente intento verificar cuáles son los personajes verdaderamente históricos de los cantares de gesta, los testimonios de los acontecimientos verdaderamente históricos. Me parece evidente que, valiéndose de la teoría general de las cantilenas, se han admitido demasiadas identificaciones arbitrarias. [carta a Ferdinand Lot, 2-3-1906, en FL, 46] La teoría propuesta por Bédier en Les legendes épiques supone uno de los descubrimientos más audaces en el mundo de las letras. Según ésta, los cantares de gesta que relatan las luchas de la época carolingia no son contemporáneos de los hechos que relatan sino que fueron escritos en el siglo XI. Esta teoría da al traste con la teoría popularista de Gaston Paris que defendía que los cantares de gesta son fruto de la compilación de las canciones lírico-épicas compuestas inmediatamente después de una batalla. Según Bédier, los cantares de gesta nada deben a un pasado como éste sino que son obras compuestas por poetas conscientes de su arte. Así nace la teoría individualista y, con ella, la polémica a la que hay que añadir la causada por la publicación de su edición de Le Lai de l'Ombre (1913), que revolucionó el terreno de la edición crítica de textos, dando lugar a lo que hoy conocemos como "bedierismo" cuya divisa máxima es la identificación, entre los diversos manuscritos conservados de una obra, del mejor testimonio que pasa a ser, en cierta forma, el "codex optimus". Las tesis bedieristas para la edición crítica de textos se enfrentan claramente a la teoría lachmanniana que triunfaba en ese mismo momento. La controversia que se suscitó fue enorme pero Bédier no se dejó llevar por la polémica y no respondió inmediatamente a las críticas, aunque no por falta de interés. Polemizar se le hacía fatigoso, entrañaba una gran pérdida de tiempo, y él era prácticamente incapaz de dividir sus esfuerzos en diversos frentes. Afirma Lot que, además, Bédier no sentía un interés especial por su obra, una vez la había publicado. Cuando en 1914 estalla la guerra, la situación cambia por completo. Su auditorio en el Collège de France se dispersa y las clases se suspenden. Bédier desea enrolarse pero su petición es denegada a causa de su edad y pasa al servicio de enfermería, por poco tiempo. Su visión de la guerra es la de un patriota convencido y optimista de la victoria, que observa, con ojos infantiles, el espectáculo. Veo continuamente el sublime espectáculo de los trenes militares que se dirigen a la frontera. El canto de la Marsellesa los llena, así como la alegría y la confianza. Una armada tan hermosa, tan llena de fe patriótica, vencerá. [carta a la marquesa Arconati-Visconti, 22-8-1914, en AC,425] Insatisfecho de su puesto como enfermero, decide buscar otra manera para servir a su país y pone a disposición del Estado Mayor sus conocimientos de alemán para servir al Ministerio de la Guerra. Allí le entregan los diarios de los soldados alemanes muertos que son la base de dos libritos claramente patrióticos: Les crimes allemands, d'après les témoignages allemands y Comment l'Allemagne essaye de justifier ses crimes. Sobre la redacción de este encargo tenemos noticia gracias a la correspondencia mantenida con la marquesa de la que destaca, como no podría ser de otra forma, un patriotismo desmedido. En una carta dirigida a la marquesa afirma, incluso, que estos dos libritos le reportan mayor orgullo que Les legendes épiques! Las obligaciones de Bédier con el Ministerio de la Guerra le mantuvieron alejado de la docencia hasta 1920, año en el que ingresa en la Académie française, sustituyendo a Edmond Rostand. Éste fue uno de los muchos honores y menciones que le fueron dedicados a lo largo de su vida, y no sólo en Francia. Él los recibía con sencillez: "una condecoración más. Me siento halagado" [FL, 14]. Con la llegada de la paz, sus admiradores esperaban con expectación que dedicara sus esfuerzos a algún tema nuevo. Sin embargo, no fue así. Renunció a tratar sobre lírica y dejó la problemática de la influencia de la literatura latina a su amigo y compañero Edmond Faral. Por el contrario, anunció nuevos cursos sobre la Chanson de Roland, centro de Les legendes, que provocaron una desilusión general. ¡Otra vez un trabajo sobre épica! Sin embargo, de esos cursos acabó por salir una nueva edición de la obra que publicó en 1922, continuando con la línea iniciada en la edición de Le Lai de l'Ombre y de acuerdo con su polémica teoría individualista. La minute sacrée o el poeta, explotanto quizás alguna tradición frustrada, concibió la idea del conflicto entre Roland y Olivier. La Chanson de Roland podría no haber existido: EXISTE PORQUE EXISTIÓ UN HOMBRE. Es el regalo gratuito y magnífico que nos ha hecho este hombre, y no una legión de hombres. [Les legendes épiques, en EV, 25] El hombre del que habla Bédier
es, incontestablemente, el anónimo autor del manuscrito de Oxford
al que el filólogo dio preeminencia por encima de todos los testimonios
conservados de la leyenda rolandiana. En su edición, Bédier
combina su carácter innovador a su marcado patriotismo: se opone
a sus predecesores franceses al presentar una interpretación laica
del texto; frente a los alemanes, matiza el racionalismo dado por éstos
a la lengua del manuscrito de Oxford. Su edición es una auténtica
apología de la escritura, de la escritura de un hombre, un poeta,
dedicado concienzuda y amorosamente a su obra.
Bibliografía sobre Joseph Bédier BÉDIER, Joseph, El romanç de Tristany i Isolda, traducció i nota preliminar de Carles Riba, presentació de Martí de Riquer, Quaderns Crema, Biblioteca mínima 3, Barcelona, 1992.[MR] CORBELLARI, Alain, Joseph Bédier. Écrivain et philologue, Droz, Paris, 1997.[AC] LOT, Ferdinand, Joseph Bédier. 1864-1938, Droz, Paris, 1939. [FL] VINAVER, Eugène, A la recherche
d'une poétique médiévale, Librairie Nizet, Paris,
1970. [EV]
Bibliografía de Joseph Bédier Les Fabliaux (1893)
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